A
continuación os presentamos un interesante cuento educativo elaborado por
nosotras:
Érase una vez, un pueblo
con muy pocos habitantes, la mayoría de sus vecinos se conocían entre ellos y
vivían día tras día gracias a las ganancias y los recursos que obtenían de las
minas Zempta.
La edad media de la
población era de unos 40 años de edad, las mujeres hacían caldo caliente para
soportar el duro invierno que resistían sus maridos en las minas y estos
trabajaban a veces hasta de madrugada para dar de comer a sus familias.
La familia Calimerín fue
agraciada con el nacimiento de su primera hija, la única niña en el pueblo, a
la que llamó Mariela. Todos los vecinos del pueblo acudieron al hogar de los
Calimerín con regalos y obsequios para la pequeña Mariela. Todos estaban muy
contentos y la armonía reinaba en el pueblo de Luciérnaga.
Los días, las semanas, los
meses y los años pasaron y Mariela se convirtió en una guapa jovencita de
carácter fuerte y desafiante.
Estos años habían sido los
mejores para Luciérnaga, sus habitantes estaban más felices que nunca, Mariela
visitaba a todas las familias del pueblo y ayudaba a todas las mujeres en sus
labores diarias. Pero un día la situación dio un giro.
Mariela se preguntaba
por qué las mujeres no salían de casa y los hombres si, por qué las mujeres
dedicaban todo su tiempo a labores domésticas y los hombres eran los encargados
de mantener a la familia, etc.
Entonces Mariela, preguntó
a todos sus vecinos y a sus padres el por qué de ello y a su curiosidad solo
respondieron:
-
Mariela, las mujeres debemos de estar en casa
haciendo tareas y los hombres que son más fuertes deben trabajar duro para
traer comida.
Ante su insatisfacción por
la respuesta obtenida, Mariela decidió emprender un viaje hacia las minas donde
trabajaban todos los hombres del pueblo. Mariela entró cautelosa en las
profundas minas y de pronto escuchó llantos y lamentos que no sabía de donde
provenían. La niña comenzó a buscar por todos lados y de pronto oyó como una
voz muy triste decía de nuevo:
-
¡Por favor, que alguien me ayude, necesito recibir
visitas de otra gente, solo veo a las mismas personas todos los días!
Mariela asustada, se
acercó cuidadosamente hacia una de las paredes de dónde parecía que provenía
aquella voz. Esta, le dijo que no temiera y que solo quería hablar un rato con
ella para desahogar sus penas.
La voz provenía de las
paredes y quien hablaba era la mina que estaba muy triste y desconsolada porque
todos los trabajadores que sacaban su carbón eran hombres que solo trabajaban y
trabajaban sin prestarle atención alguna.
Además a mina le confesó
un secreto a Mariela y es que todos estos años, el carbón que estaba dando era
muy pobre y feo porque al estar muy triste y desconsolada no tenía fuerzas para
crear un carbón de mejor calidad.
Pasaron los años y Mariela
seguía visitando a la mina todos los días cuando los trabajadores acababan su
turno. Mientras tanto esta se ponía muy contenta con la visita de Mariela y
ambos pasaban las horas y las horas hablando y riendo.
Mariela se hizo mayor y un
día pensó que ya era hora de que su amiga la mina estuviera contenta sin
necesidad de contar con su visita diaria. Para ello la niña tuvo una idea y
pensó que haría un llamamiento a todas las mujeres del pueblo para que
exploraran la mina y aunque no realizaran los trabajos más duros al menos se
podrían encargar de transportar el carbón que se extrajera. De esta manera
pensó que la mina Zempta se pondría muy alegre y así daría el mejor carbón del
mundo.
Mariela le explico todo lo
sucedido a su padre y también le confesó su deseo de trabajar en la mina, este
la escuchó y la apoyó en todo momento con su idea.
Meses después las mujeres
ayudaban a transportar el carbón, algunas junto con Mariela se incorporaron a
trabajar en la mina y organizaron una fiesta para celebrar que la mina Zempta
daba el mejor carbón del mundo y que todos los vecinos de la comarca de al lado
acudían a Luciérnaga para comprar ese carbón.
Desde entonces el pueblo
vivió felizmente y tanto mujeres como hombres aprendieron gracias a Mariela que
los oficios son para todos los que quieran ejercerlo, sin diferencias de ningún
tipo.